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  • Lic. Florencia Casabella

Disculpen si me río


Hace unas semanas fui a ver Joker al cine y me tomó unos días decir algo de lo que la película me produjo. Leí un millón de interpretaciones y tuve intercambios con colegas, amigos, pacientes y de cada uno aparecía una idea diferente: fueron infaltables los comentarios acerca de la brillante actuación de Joaquin Phoenix, pero tampoco faltaron los guiños al cómic de Batman, reflexiones acerca de la crítica a la sociedad norteamericana y la fascinación por un villano extraordinario. Como escuché decir alguna vez a un cinéfilo, “una buena película de súperhéroes tiene que tener un gran villano”. Y el Joker es un villano por excelencia.


Siendo muy pequeña conocí el cinismo de su personaje cuando vi la película de Batman cuyo Guasón interpretaba Jack Nicholson. Recuerdo la fascinación que despertó en mi curiosa infancia el baile del villano con Vicki Vale en la cornisa de un edificio y la pregunta: “¿bailaste alguna vez con el diablo a la luz de la luna?”, tanto como la confirmación de esa idea que siempre había estado latente en mí: no me gustan los payasos. Sin haber visto el “IT” de Tommy Lee Wallace, sigue vigente el relato de una amiga de la infancia acerca de la escena del payaso en la alcantarilla y el escalofrío que esos agujeros y los globos me provocaban.


Es esa angustia expectante ante la evidencia de que algo va a ocurrir y la confirmación de que lo que sigue trasgrede los límites de lo sospechado y es aún más sangriento y más inesperado de lo imaginable. Y es que para los fanáticos de Batman y, en particular, para los seguidores del Guasón, no mueve la vara su historia al momento de empatizar con el personaje y aseverar que es el mejor villano del mundo del cómic.


La película nos muestra que el cinismo y la maldad del Joker son la esencia de Arthur y que la locura que desencadena el desamparo del Estado sólo da curso a esas cualidades que ya estaban latentes en él: “todo lo que tengo son pensamientos negativos”.

Creo que son muchas las cosas que podrían decirse de la película, del cómic y del personaje, pero me interesa el tópico (no poco trabajado) de la enfermedad mental de Arthur Fleck y de la desprotección a la que son expuestas las personas que sufren un trastorno mental o tienen una discapacidad.


Algunas escenas incomodan al espectador.


La primera, aquella en el colectivo en que Arthur hace morisquetas para provocar la risa de un niño. El pequeño estalla en una carcajada con cada expresión del payaso de oficio, pero su madre no tarda en prohibirle interactuar con el extraño. “Deje de molestar a mi hijo”. Tensión ante la cual el espectador podrá sentir lástima hasta que rápidamente Arthur incurre en esa inquietante risa inmotivada que pone casi intencionalmente en suspenso cualquier sentimiento referido al personaje.

La segunda, aquella en que el protagonista divaga en su cuaderno y escribe la frase: “Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras”.


A partir de esta frase vinieron a mi memoria algunos recuerdos de mi práctica hospitalaria: un hombre, cadete de una armería de la Ciudad de Buenos Aires, camina por Av. Libertador rumbo a una entrega y enfrenta un cartel publicitario que reza: “Las Malvinas son argentinas”. Sin dudarlo, toma un arma y dispara contra el cartel. Lo que resta es sabido: hace más de treinta años que es paciente del Hospital Borda. Y dice, denotando una literalidad explícita: “No podía soportar que en el mismo cartel estuvieran la palabra ¨Argentina¨ y la palabra ¨mal¨…”.


Otro hombre deambula por la noche sin saber a dónde ir, atemorizado por las ¨voces¨ y los murmullos. No encuentra refugio que lo proteja y decide arbitrariamente abrir la puerta de un auto para esconderse, auto en el que se queda dormido. Lo que sigue también es sabido: lo despiertan las sirenas policiales y es trasladado a la guardia psiquiátrica.


Y es que habitualmente la locura desencarnada incomoda y, por más oscuro y negado que resulte, se suele tener el criterio del orden social para decir que un sujeto está loco. El comportamiento de aquel que tiene una enfermedad mental o una discapacidad es mucho más sancionado y observado, que el comportamiento de quien decididamente ignora y, en consecuencia, desprotege la locura y la discapacidad que la misma realidad produce.


La realidad es algo que se construye y que se tiene y que en tanto se tiene también se puede perder. Ahora bien ¿cuál es el estatuto de la realidad? La experiencia freudiana indica que tanto la neurosis como la psicosis como posiciones subjetivas son modos de estar en la realidad y, también, modos de retirarse de ella. Pero ¿de qué realidad se trata? La película ilustra de manera fantástica que la realidad (o al menos una porción importante de ella) es subjetiva y que, por lo tanto, una alucinación o un delirio pueden no coincidir con la percepción pero sí ser verdaderas.


Por último, la única escena de la película en la que, para contradecir cualquier empatía con la enfermedad del personaje y el maltrato del cual fue víctima, es el espectador quien debiera disculparse por su risa: aquella en que el enano compañero de trabajo de Arthur quiere salirse de un escenario sangriento y no alcanza a abrir la puerta. Dialogando con un escritor sobre la película, me hizo notar acerca de la contradicción de esa escena. Agradezco su observación porque pienso que esa escena da cuenta de la contradicción humana en el respeto por lo diferente.


Si te interesa saber más sobre psicosis y neurosis, te invito a seguir leyendo sobre psicopatologías y estructuras freudianas en https://www.academia.edu/40799527/Psicopatolog%C3%ADa_y_Estructuras_Freudianas




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